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La degradación de las zonas áridas se considera a menudo como "desertificación". Según la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (CLD, www.unccd.int), la desertificación se define como "la degradación de la tierra como resultado de diversos factores, entre ellos las variaciones climáticas y las actividades humanas".
A través de cambios en la composición física y química del suelo, la pérdida de vegetación natural y la erosión por el viento y el agua, la tierra pierde fertilidad y aparecen zonas desérticas. Estas zonas desérticas son muy diferentes de los desiertos naturales, que son ecosistemas con características únicas. La desertificación se caracteriza por la pérdida de la diversidad biológica (suelo, plantas y animales) y cultural (estilos de vida, lenguas, conocimientos).
Escala de la desertificación
La desertificación es un problema en todos los continentes. Toda la tierra es vulnerable a la degradación. Si se produce degradación de las tierras en zonas áridas, se llama desertificación. Alrededor del 41% del total de la superficie terrestre del mundo corresponde a zonas áridas. Las actividades humanas son mínimas en los desiertos reales o naturales y, por lo tanto, los desiertos no son considerados como zonas de riesgo. La zona de mayor riesgo en el mundo es el Sahel, donde el 50% de la población se ve directamente afectado por la degradación de la tierra.
El impacto de la degradación de las tierras es más grave donde las personas son especialmente dependientes de los recursos naturales y están marginados en la economía mundial. Actualmente se estima que aproximadamente el 70% de las zonas áridas del mundo se ven afectadas por la degradación, y esto tiene enormes consecuencias para la seguridad alimentaria mundial y la biodiversidad.
Causas y efectos
Las causas más conocidas de la desertificación son el sobrepastoreo, las presiones de la población, la tala de árboles y los incendios forestales. Sin embargo, la presión sobre los países para que se integren al mercado mundial ha dado lugar a programas de desarrollo en los que se estimula el monocultivo de especies comerciales. Estos monocultivos son muy vulnerables a las enfermedades y plagas y requieren una gran cantidad de fertilizantes y plaguicidas. La mejor tierra es utilizada para estos cultivos comerciales, dejando las tierras marginales para la agricultura de subsistencia y el pastoreo. La reducción de la calidad y de la disponibilidad de tierras aumenta la presión sobre el resto de los recursos. Como la tierra y el agua continúan siendo escasas, los conflictos dentro y entre las comunidades siguen en aumento.
Para la gente, la degradación de la tierra significa una productividad muy baja o incluso el fracaso de las cosechas. La biomasa de pastizales disminuye, y con ello hay menor cantidad de alimentos para el ganado y menos ingresos y alimentos para las personas. La degradación de la tierra también socava las estructuras sociales. La división del trabajo entre hombres y mujeres cambia y, en general, la carga de trabajo para las mujeres aumenta. Las distancias para recoger el combustible y el agua se hacen más largas, a expensas de otras actividades, por ejemplo, la cocción de los alimentos. La pérdida de vegetación da lugar a la erosión hídrica y eólica y a la contaminación del aire. La calidad del agua disminuye a causa de la contaminación y la sedimentación. Todos estos son factores que directa o indirectamente amenazan la salud.
Los efectos de la degradación de las tierras son enormes no sólo localmente sino también a nivel mundial. La capacidad productiva está disminuyendo a un ritmo de 10 mil millones de hectáreas al año, y al mismo tiempo, la población mundial está creciendo a una tasa de 1,67% al año. Esto pone en grave peligro la seguridad alimentaria mundial.
La pérdida de la diversidad biológica en las zonas áridas es extremadamente grave. La mayoría de los alimentos básicos como el trigo, cebada, mijo, leguminosas y algodón provienen de las zonas áridas, así como muchos animales utilizados por la gente, tales como caballos, vacas, ovejas, cabras, camellos y llamas. Como no hay tantas especies y genes adaptados a los climas secos, cualquier pérdida de material genético en las zonas áridas tiene un impacto enorme. Las zonas áridas se sostienen en un precario equilibrio ecológico, que es en parte causado por los períodos de escasez de agua. La alteración de este equilibrio puede afectar gravemente a las personas que dependen de estos ecosistemas frágiles.
(De: Paquete de Información de Both ENDS No.1 Desertificación)
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